viernes, 17 de marzo de 2017

De los Preceptos de la Educación

Cada uno debemos de sentir de nosotros mismos, no con soberbia, sino con modestia, y, aun mejor, con humildad, este es el fundamento firme y propio de la buena educación y de la educación verdadera, para ello se ha de cultivar el alma con el conocimiento de las cosas, con el saber y con el ejercicio de las virtudes, y que de otro modo, el hombre no es hombre, sino bestia.

Que las cosas sagradas se ha de asistir con grande atención y reverencia, pensando que cuanto allí veamos y oigamos es admirable, divino y sagrado y que excede a nuestra capacidad, que debemos encomendarnos a Jesucristo, poniendo en Él nuestra esperanza y confianza.

Que hemos de ser obedientes a nuestros padres, sirviéndolos, asistiéndolos y haciéndoles cuanto bien podamos, siéndoles de provecho y ayundándolos, y que también hemos de amar y respetar a nuestros maestros como a padres, ya que no del cuerpo, del alma, que es más.

Que se debe reverencia a los sacerdotes y obediencia a su doctrina, como representantes que son de los apóstoles y aun del mismo Cristo.

Que se debe cortesía a los ancianos, quitándoles el sombrero y escucharles con atención porque en el largo uso de las cosas, adquirieron prudencia.

Que se debe honrar a los magistrados y obedecerlos en lo que mandaran, porque Dios les encomendó el cuidado de nosotros.
Que se escuche, admire y respete a los hombres de ingenio, erudición y bondad, deseando su bien y apateciendo su amistad y familiaridad, de las que se sigue mucho provecho para llegar a ser cual ellos.

Claro que entre los constituidos en dignidad hay muchos hombres indignos, como son sacerdotes no merecedores de tan grande nombre, magistrados perversos, y ancianos necios y locos. No son pocos los tales, sin embargo a nuestra edad no se nos debe permitir establecer diferencias, porque aun carecemos de la prudencia y del saber necesario para juzgar. Tal juicio ha de dejarse a los hombres sabios y también a los encargados del gobierno de las dignidades.

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